Por las mañanas, cuando amanezco enredada entre las sábanas, me parece que estoy en algún lugar sureño, sofocada por una larga y pastosa noche de la que sólo me despego con el revuelo de las campanas de las iglesias que repican tan obstinadas como lo lejanos cantos del muecín.
Y como nadie sabe lo que esto durará, todos aprovechan cada día y cada rayo de sol como si fuera el último y montan en cada espacio verde, por pequeño que este sea, una playa con bikinis, bronceador, sombrillas y juegos. Es fantástico dicen, con este tiempo uno no necesita salir de vacaciones y ¡¡¡lo que se puede ahorrar!!!. Mallorquines: presten atención.
El paseo del Rin es una de las zonas de recreo más bonitas y animadas de la ciudad, con un público tan variopinto que merece la pena detenerse a curiosear. Los habituales son ciclistas, patinadores, malabaristas y titiriteros, músicos callejeros, punkies en peregrinación estival y muchos turistas nacionales y extranjeros.
A un lado de las terrazas, junto a las escaleras que llevan a la catedral, hay una zona que voy a fotografiar a menudo. Es una fuente-escultura cuyo agua emana del suelo para ir discurriendo entre varias pozas irregulares que se extienden en el terreno. En estos días de calor se pone a rebosar y todo el mundo saca a remojar lo pies. Llegar por detrás es como acercarse a una mezquita, sólo ves montones de sandalias sin dueño agrupadas en los límites, diciéndote sin palabras que el amo volverá.
Las pozas hacen las veces de piscina a pesar del poco agua que llevan. Algunos niños se zambullen con el beneplácito de los progenitores, otros se hacen los despistados y se caen intentando saltar de charca en charca y una vez dentro ya no hay remedio, ni los zapatos estorban.
Los mayores también de animan, sobre todo los grupos de punkis que no tienen reparos en quedarse en calzoncillos o bragas ante ese curioso microcosmos ensimismado en sacudirse el calor. Con ellos comparten baño sus perros que retozan y alborotan en el agua como el que más. A nadie parece importarle que se mezclen los fluidos de unos y otros, el calor sofocante les trastorna, pero la convivencia es perfecta.
A la derecha de este "balneario" está la zona de los jamaicanos, que se cobijan bajo los árboles bien lejos del sol. Cantan y bailan como si Bob Marley hubiera vuelto a la vida y ponen la nota exótica de la reunión. Junto a ellos, un grupo de chicos se desencuadernan con un baile de movimientos helicoidales que pone en entredicho las limitaciones de nuestra anatomía. A sus pies no se ve ni una cerveza, están allí sólo para bailar.
Y como telón de fondo de este teatro al aire libre tenemos el Rin y los puentes que lo atraviesan, los contornos de iglesias y catedrales y los numerosos barcos que lo navegan. Y realmente da igual el tiempo que haga o como esté el cielo, es sin duda una de las estampas más bonitas de Alemania y no hay que perdérsela.