Después de sus nefastas declaraciones, el tema de la inmigración en Alemania ha vuelto a ser TEMA. Hasta Angela Merkel, quién puso el grito en el cielo y presionó para conseguir la destitución de Sarrazin de su cargo en el Bundesbank, se atreve a nombrar lo que había sido “innombrable” y asegura que el modelo “multikulti” ha sido un fracaso. El que llegue a nuestro país, debe adaptarse a nuestra cultura judeo-cristiana, dice eligiendo muy bien las palabras y el destinatario.
Y hoy, más de lo mismo. Mientras hacía unas patatas en salsa verde, que olían a gloria, veo que el tema en cuestión, abre el telediario de la noche. Carnaza para el pueblo, vamos a ver si el descenso de popularidad de la canciller Merkel, resucita con esta estrategia populista. Mientras añado un poco más de perejil al plato, me encomiendo al cielo.
Pero qué pasa en la calle mientras los políticos van subiendo la temperatura del debate con afirmaciones que rozan lo intolerable en un país con cerca de cuatro millones de musulmanes? Pues las cosas parecen estar en paz y cada grupo tener su lugar. Y si no lo creen, aquí tendrán la prueba de que lo que digo es cierto.
El domingo pasado, junto a la plaza de la catedral, me topé con un grupo numeroso de hombres vestidos con túnica y bombachos negros. Aquel encuentro inesperado me dejó sin habla, así que frené en seco y les miré disimuladamente, intentando adivinar su procedencia. En la esquina opuesta, se habían reunido sus mujeres, también de negro y con el velo islámico, algunas de ellas con niqab, pero curiosamente con los pies descalzos. Normalmente las mujeres que llevan esta prenda sólo dejan ver sus ojos y cubren perfectamente pies y manos. Me costó un buen rato enterarme de dónde venían y qué hacían, hasta que una de ellas me explicó en un alemán sin acento, que eran pakistaníes y que estaban celebrando una ceremonia religiosa, guardaban luto por el Imán Alí.
Desde varios puntos, la policía controlaba la situación dando toda serie de explicaciones al que se atrevía a preguntar. Miré a un lado y a otro y vi la catedral al fondo, aquello me pareció un cóctel cultural inexplicable. Me quedé ensimismada, recordando mi vida cuando era el canto del muecín el que me despertaba cada día. Mientras tanto, empezaba el ritual chií.
Para entonces, los hombres se habían descubierto el torso y comenzado a hacer movimientos rotatorios con los brazos, golpeándose en el vaivén, el pecho.
La gente, arremolinada para ver de cerca el espectáculo, sin risas, ni bromas, escuchaba en absoluto silencio el eco estremecedor que producían aquellos golpes, como si en vez de manos tuvieran enormes palas. Les miré uno a uno, la piel roja, amoratada, debía picar lo suyo, me pregunté hasta dónde llegarían en su flagelación. Miré sus espaldas, la mayoría la tenían cubierta de pequeñas cicatrices profundas, no quise ni pensar que fueran a llegar tan lejos. Mientras, seguían cantando, rezando, girando. Después de un rato, me parecieron más de otro mundo que de éste.
Y siguieron con el ritual, paseando el altar del mártir Ali Ibn Abi Talib por todo el barrio. El público les seguía solemne, preguntando a veces, participando otras, sin ruidos, ni protestas ni escándalos. Y me reafirmé en la idea, pese a quién pese, de que Alemania es un buen lugar para ser quien eres.